Dra. Desiree Parra
El ámbito escolar constituye un entorno fundamental para el desarrollo académico, social y
emocional de todo estudiante, pero también representa un espacio cargado de estímulos
sensoriales e interacciones complejas que pueden desafiar la capacidad de autorregulación de los alumnos dentro del Espectro Autista. En este contexto, la ocurrencia de una crisis o episodio de desregulación debe ser comprendida como una manifestación involuntaria ante el colapso del procesamiento sensorial o emocional, y nunca como un acto de indisciplina o desafío a laautoridad del docente. Garantizar un abordaje profesional ante estas situaciones implica transformar la respuesta institucional en un protocolo articulado, seguro y libre de estigmas dentro de la escuela.
Para ofrecer una asistencia efectiva durante un episodio crítico en el aula, resulta prioritario que el personal docente y administrativo actúe con serenidad y celeridad, enfocándose de inmediato en la reducción de la carga sensorial del entorno. Esto se traduce en disminuir el nivel de ruido, moderar la iluminación, retirar elementos potencialmente peligrosos y reorganizar pacíficamente el espacio circundante o, si la situación lo permite, guiar al estudiante de manera respetuosa hacia una zona de autorregulación previamente establecida dentro del recinto escolar.
La comunicación verbal durante el momento cumbre de la crisis debe ser extremadamente breve, utilizando un tono de voz suave, neutro y libre de demandas académicas o reproches. Es indispensable comprender que la prevención y el manejo adecuado de las crisis en la escuela no dependen de la improvisación, sino del seguimiento riguroso de orientaciones profesionales adaptadas al perfil individual de cada alumno. Esta perspectiva nace de la experiencia que vivo a diario como madre de un niño dentro del espectro, quien transita su escolaridad bajo la dirección constante y las herramientas especializadas proporcionadas por el equipo de profesionales multidisciplinarios que asisten a mi hijo.
La aplicación coordinada de estos abordajes en el espacio escolar nos demuestra diariamente que es posible anticipar detonantes y contener los momentos de sobrecarga sin recurrir al aislamiento coercitivo ni a la sanción.
Asimismo, el trabajo conjunto entre la familia, los terapeutas externos y la institución educativa resulta crucial para diseñar un plan de apoyo conductual y sensorial que sea verdaderamente efectivo dentro del salón de clases. Cuando los educadores cuentan con la preparación adecuada y conocen las señales de alerta temprana como los cambios en la postura corporal, las conductas repetitivas de autorregulación o el bloqueo verbal es posible intervenir tempranamente antes de que el estudiante alcance un estado de desorganización severo. Esta detección precoz permite resguardar la estabilidad emocional del alumno y mantener la continuidad pedagógica en el aula de manera armónica.
Durante el desarrollo de una crisis, el personal a cargo debe abstenerse de intentar razonar con el estudiante, exigir respuestas inmediatas o realizar intervenciones físicas innecesarias que puedan incrementar la sensación de amenaza. La contención debe ser primaria y esencialmente ambiental y emocional, respetando el espacio personal y asegurando únicamente que el entorno físico no represente un riesgo para la integridad del alumno o de sus compañeros. La calma del docente actúa en esos momentos como un co-regulador externo indispensable para que el sistema nervioso del estudiante comience a descender en su nivel de alerta.
Una vez superada la fase más aguda del episodio, el protocolo escolar debe contemplar un tiempo prudencial de recuperación y calma en el que no se presione al estudiante a reincorporarse de inmediato a la dinámica académica ni a brindar explicaciones. Las crisis generan un desgaste neurológico y físico significativo, por lo que es prioritario ofrecerle al alumno un periodo de transición paulatino, acceso a agua y un espacio de descanso reconfortante para restablecer progresivamente sus niveles de energía y atención antes de retomar sus labores.
Posteriormente, cada episodio debe ser registrado de forma objetiva por el equipo docente y psicopedagógico con el fin de analizar los posibles detonantes ambientales, de tarea o de
interacción social que desencadenaron la desregulación. Esta sistematización de la información no tiene un fin evaluativo o punitivo, sino que sirve como insumo de retroalimentación para ajustar las adaptaciones curriculares, los tiempos de descanso sensorial y los apoyos visuales que utiliza el estudiante durante la jornada escolar cotidiana.
La consolidación de un entorno escolar capaz de asistir con dignidad, profesionalismo y empatía a las personas dentro del espectro autista beneficia a toda la comunidad educativa al promover una auténtica cultura de inclusión y respeto a la neurodiversidad. La formación continua del profesorado, el cumplimiento de las recomendaciones de los especialistas y el acompañamiento comprometido de las familias representan los pilares fundamentales para convertir la escuela en un espacio seguro donde todos los estudiantes tengan la oportunidad de aprender y desarrollarse plenamente.
El Pepazo
Fuente original: Diario Digital El Pepazo https://elpepazo.com
https://elpepazo.com/acompanamiento-ante-la-desregulacion-emocional-como-enfoque-educativo-integral/?fsp_sid=67194









