Google search engine

 

Han pasado los años desde que el característico crujir del papel periódico dejó de escucharse en los quioscos y hogares venezolanos. Con el paso del tiempo, el silencio de las rotativas se ha convertido en una ausencia normalizada, en un paisaje cotidiano al que peligrosamente nos hemos acostumbrado. Sin embargo, mirar atrás y reflexionar sobre la desaparición de los medios impresos no constituye un ejercicio de nostalgia inútil, sino una oportunidad necesaria para comprender qué parte de nuestra memoria colectiva y de nuestra cultura democrática se debilitó junto con la tinta.

En su época dorada, el periódico impreso representaba mucho más que un soporte físico para las noticias. Era también un ritual de lectura pausada, análisis y contraste de la información. El formato físico permitía al ciudadano detenerse, hojear, subrayar y digerir los hechos con una perspectiva que hoy contrasta con la inmediatez, el ruido y la fragmentación que caracterizan buena parte del consumo informativo en las redes sociales.

En Venezuela, la reducción y desaparición de numerosos medios impresos no puede entenderse únicamente como una consecuencia natural de la evolución tecnológica hacia lo digital. A la transformación global de los hábitos de consumo de información se sumaron dificultades económicas, problemas para acceder a papel e insumos y otras restricciones que afectaron la continuidad de publicaciones emblemáticas. El resultado fue el cierre de rotativas y la pérdida de espacios que durante décadas formaron parte del ecosistema informativo nacional.

Esta transformación también plantea interrogantes sobre el derecho ciudadano a acceder a información oportuna, veraz e imparcial, reconocido por nuestra Constitución. Cuando desaparece un medio impreso no solo deja de circular una edición: también se pierde, en muchos casos, una parte de un archivo físico, de una memoria tangible y de un registro histórico que merece ser preservado.

La preservación digital resulta hoy indispensable, pero no debería significar el abandono de los archivos físicos. Ambos cumplen funciones complementarias en la conservación de la memoria colectiva. Los periódicos impresos de ayer permiten reconstruir acontecimientos, debates, testimonios y preocupaciones de una sociedad que, con el paso del tiempo, corre el riesgo de olvidar parte de su propia historia.

Reivindicar la importancia de la prensa escrita no significa rechazar la tecnología ni pretender regresar al pasado. Significa reconocer el valor de una forma de periodismo que concedía espacio a la profundidad, a la investigación y a la lectura sin la velocidad permanente de las pantallas.

La democracia necesita periodismo de profundidad: periodistas dispuestos a verificar los datos, investigar, contextualizar los acontecimientos y ofrecer a los ciudadanos herramientas para formarse un criterio propio. Necesita también medios capaces de conservar y documentar la historia, porque una sociedad sin memoria queda más expuesta a repetir sus errores.

Quizás por eso aquella imagen del ciudadano leyendo el periódico mientras tomaba su café matutino representa mucho más que una costumbre desaparecida. Era un momento de pausa frente a un mundo que comenzaba a cambiar. Una pausa para leer, pensar, cuestionar y comprender.

Defender el derecho a informar y preservar la memoria de lo que un día tuvimos en nuestras manos es también una manera de pensar en el futuro institucional de Venezuela. Porque recuperar el valor de la lectura pausada, del periodismo responsable y de la memoria documental no significa regresar al pasado: significa evitar que una parte esencial de nuestra cultura informativa desaparezca con él.

El Pepazo

Fuente original: Diario Digital El Pepazo https://elpepazo.com

https://elpepazo.com/el-ultimo-cafe-con-periodico-la-desaparicion-del-papel-y-el-valor-de-la-lectura-que-perdimos/?fsp_sid=77078

Google search engine